lunes, 23 de marzo de 2009

VAMOS A HABLAR EN POLÍTICA TRA-LALA. Carta abierta

Hay una doble lectura de este título: el 1º dice relación con la necesidad de que ciertos “actores”[1] intenten incidir en un ámbito del que son invisibilizados. Hablar en política, en su sentido de metamos la cuchara. Porque (como todas las actividades humanas que construyen un metalenguaje) existen ciertos códigos que se exige, tanto de los que inciden como de los espectadores de ésta. En política hay un escenario en el que se actúa, y dramáticamente en nuestro país, ese escenario tiene dueño, o dueños (que mañosamente, han forjado toda una institucionalidad destinada a impedir el paso a las grandes mayorías). Porque los barones de la política tienen distinta raíz histórica e ideológica, pero viven en los mismos barrios, matriculan a sus hijos en los mismos colegios, pertenecen a las mismas familias, y por cierto validan de igual forma al libre mercado. Y a esos señores casi nada les interesa que un gran número de jóvenes, entre otros “actores” silenciosos, tengan alguna influencia.

La 2º interpretación (“vamos a hablar EN política”) dice relación con la necesidad de que los actores emergentes (es decir, cuando algunos de estos marginalizados por los barones, deciden entrar al ruedo) aprendan, o manejen ese sentido del discurso político. Y subrayo esa palabrita, porque cuando hablamos políticamente, ya sea en una asamblea, o para nuestros adentros, SIEMPRE lo hacemos en un código discursivo: Esto es, hablándole al colectivo. Es decir, se plantea acá el problema de cuándo y cómo tomarse la palabra. Esa palabra, ese imaginario que durante tantos años ha sido apropiado por pocos, con un objetivo claro: cerrar las puertas a la participación.
El teatro donde se exhibe la política toma, entonces, esta forma de embudo, que va desde el espectador masa, muchas veces un simple consumidor, hasta el escenario que se ubica en la parte más angosta. Aunque, ojo, la punta más estrecha del mismo traspasa las cortinas de la escenografía, y se oculta del gran público. Es más, los dueños del teatro negaran que ese backstage siquiera existe, porque son muy pudorosos, y no quisieran reconocer que ese extremo termina en un lugar que a todos ellos les interesa: la caja pagadora. Porque, les comenté ya que toda la escenografía, el maquillaje, el vestuario, las luces, no son gratis? (y no hablo desde lo simbólico, no! hablo del constante y sonante señores), les advertí que los espectadores pagan a los dueños del teatro por estar ahí? y que éstos a la vez, deduciendo sus ganancias primero, pagan el decorado, y por cierto a los actores por el derecho de éstos a pararse en SU escenario, a recitar SUS parlamentos? Ahora, hay 2 clases de financistas: Los winner, los que les pagan a todos los actores, porque nunca se sabe quién estará pisando el escenario y quienes en el camerino, maquillándose para subirse en el, a la vuelta de 4 años; Y los patrones, aquellos que además del teatro, pagan su propia compañía, para asegurar el chancho. O alguien cree que Larraín es presidente de RN sólo por su capacidad histriónica? La política es una actividad cara, y hay algunos financistas que no están dispuestos a depositar su inversión en un anárquico grupo de egomaníacos, capaces de arrancarse con los tarros, no pué, si el Pingo engorda al lado del amo!

Esta es la parte menos estética de esta obra de teatro: Si usted se quiere meter en serio en política, o es millonario, o se hace amigo de uno o varios millonarios. Y todo el espectro político, el dial que corre desde la izquierda hasta la derecha, más allá de lo lindo que hablen frente el público, terminará en la caja pagadora. Por eso, la democracia con la que tanto se llenan la boca los barones, los winner, y los patrones, puede que exista en alguna parte, pero nunca al interior de sus compañías de teatro. En ellas, el director designa papeles de una obra, y usted ingenuo espectador, paga por verla.

Y? Qué hacemos ahora? Qué hace usted? Hay múltiples opciones. Puede putear pal mundo, y decidir no meterse jamás en una compañía. Puede ser solo alguien que fuma. O Puede negar que el teatro existe, y fundar con un pequeño colectivo (escindido a la vez de otro pequeño colectivo) una obra itinerante que se exhiba en las calles, e intentar “concientizar” desde su iluminación profética, hasta encender de rabia y rebelión a miles y miles de adormecidos alienados, que despertando del letargo lo acompañarán a encender una fogata. Y mientras usted se reivindica la conciencia, en relación a los que simplemente fuman, yo le aseguro, que le guste o no, EL TEATRO QUE USTED NEGÓ, EXISTE. No solo eso. Como es un embudo, le doy firmado que de alguna u otra forma, a la corta o a la larga, usted pagará su boleto.

O, puede aceptar el desafío que le propongo: Fíjese que estamos fundando una compañía, que intenta saltarse las lógicas tradicionales del teatro, y que quiere saber exactamente, no importa donde se haya ubicado, qué opina usted. Que hace un tiempo, medio desorganizadamente paró una campaña electoral que le hizo sentido al 20% de la población que vota. Y que hace poquito sometió a votación el nombre que ésta debía tener: EL PRO

Que cree usted? Que están todos alienados, y usted es el único cuerdo? Bueno, venga, y díganoslo. Puede creer que no es necesaria una compañía que intente fundar nuevas prácticas, y que incite a los espectadores a subirse al escenario, y tomarse la palabra que les ha sido negada. Pero en 4 años más, hay un Actor que, agazapado, saltará a la toma del teatro. Se llama Longueira. Puede que usted prefiera permanecer impoluto de la sucia política, y medianamente cuerdo en la calle. Pero podrá impedirlo, o al menos hacérsela difícil?

Le puedo dar garantía que este Nuevo Referente será diferente a todos? NO. Sabe quién SÍ puede? Usted. Tome la cuchara, úsela. Mañana, como ayer, puede ser muy tarde para lamentarse del Facho que tenemos de Presidente. La invitación es a hablar y escucharnos hasta por los codos, por su atención, muchas gracias.


Rodrigo Pinto, Profe

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[1] Si pensamos en la política como el símil de una obra de teatro, por actores entendemos sólo a aquellos que se presentan a un público, que se atreven a hablar en el ámbito de lo público.